“Es como si la Luna le diera un bocado cada vez más grande al Sol, hasta que lo devora del todo y entonces todo se pone oscuro”. Así es como Bruno, de 10 años, le cuenta a su hermano pequeño qué es un eclipse total. Su explicación no tranquiliza a Román, de cinco años y medio (insiste en especificar “y medio”). Tiene miedo porque no quiere quedarse ciego, como han advertido por televisión que puede pasar.
El tercer hermano, Víctor, de 8 años, nos explica que solo puede mirarse directamente al Sol con gafas homologadas. Y que saben tanto sobre eclipses porque su madre les ha quitado estos días tiempo de ver dibujos animados para ponerles información sobre este fenómeno astronómico. La televisión española lleva días repitiendo cómo hay que ver con seguridad el eclipse, el primero de una serie de tres en tres años. Pero Román no se fía y no va a mirar.
Ellos van a verlo desde Tres Cantos, en la sierra de Madrid, uno de los alrededor de cuatrocientos puntos de observación distribuidos en una franja que atraviesa desde Galicia hasta Mallorca. Nosotros nos desplazamos hasta Serracines, una pequeña localidad cercana del noreste de Madrid. Aunque en Europa también ha sido parcialmente visible, España es hoy un lugar privilegiado para la observación astronómica, convertida en una celebración y en un atractivo turístico.
El primer eclipse total de Sol en cien años
Un eclipse total de Sol es uno de esos momentos en los que el universo deja entrever los resortes del engranaje de fuerzas invisibles que mueve a los astros en el espacio. Apenas en un parpadeo cósmico, en el que el Sol se oscurece apenas minuto y medio convirtiéndose en un anillo de fuego, se deja sentir el movimiento orbital de la Tierra y su satélite. No en los libros ni en gráficas ni en las tablas de datos, sino directamente palpable en el cielo.
Desde 1905 que este fenómeno no era visible desde la Península Ibérica. No queda nadie vivo que observara aquel eclipse. Por eso no es extraño que este haya provocado tanta espectación. Un dato poco científico para medirla es que los precios de los hoteles en las zonas mejor situadas para ver el eclipse se ha llegado a multiplicar por cinco, según la televisión española. Otros cálculos dicen que hasta por veinte.
También se han desplegado 24.000 guardias civiles para reforzar la seguridad. El gobierno preveía un millón y medio de desplazamientos para observar el eclipse. Por ejemplo, en Madrid y Barcelona, las dos ciudades más grandes del país, no ha sido visible el eclipse total por escasos kilómetros. No es extraño que se hayan formado grandes atascos a las salidas de estas ciudades antes del eclipse.
Un espectáculo para científicos y para profanos
Román insiste en que tiene “cinco años y medio”, pero no sabe que eso, lo que significa, es que la Tierra, desde el día que él nació, ha dado cinco vueltas y media al Sol. Tampoco entendía muy bien, hasta que lo ha visto, eso de que la Luna “devore” al Sol. Sin embargo, eso no le impide cumplir años. Ni disfrutar del eclipse, aunque al principio no quisiera mirarlo directamente. La repentina oscuridad, los gritos y aplausos de la gente, el cielo teñido de colores nunca vistos, la corona solar, que hace que, en sus propias palabras, parezca de repente “un agujero negro”.
Los eclipses son también un momento único para la observación científica. Sobre todo para el estudio, precisamente, de la corona solar, esa atmósfera que rodea al Sol y que habitualmente no es visible. La ciencia desconoce, por ejemplo, por qué esta corona solar está mucho más caliente que el propio Sol (más de un millón de grados centígrados frente a los 5.500 °C a los que se calcula que está su superficie).
De la armonía del mundo
Un eclipse es tan atractivo para un niño de cinco años y medio como para un astrónomo. Por más que este sepa interpretar mucho mejor lo que ve, posiblemente todavía ignoramos más sobre el Sol de lo que conocemos. Y para disfrutarlo no hace falta entenderlo, igual que para disfrutar de una música no hace falta entender la partitura. Quien definió las órbitas elípticas de los planetas fue, por ejemplo, el alemán Johannes Kepler a principios del siglo XVII. Las tres leyes de Kepler todavía se estudian en las facultades de Astronomía.
Pero Kepler estableció muchas más relaciones matemáticas que esas tres leyes que han aguantado el filtro del tiempo. Por ejemplo, en ‘Harmonice Mundi’ (1619), donde estableció su tercera ley, también proponía su teoría de que los planetas seguían relaciones matemáticas similares a las que se establecen entre los intervalos musicales. Para él, la Tierra estaba afinada en mi y fa, dos notas disonantes que explicarían por qué “miseria” y “fambre” reinaban en nuestro planeta.
Lo que Román ha visto hoy ha sido, por el contrario, un espectáculo fabuloso y misterioso. Las mismas observaciones no siempre llevan a las mismas interpretaciones. Y él no va a tener que esperar cien años para repetirlo. De hecho, el año que viene tiene una cita en Tarifa para ver otro eclipse total. Para entonces ya casi se le podrá considerar un experto.
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