La pobreza en Uruguay se ubicó en 16,6% de las personas durante 2025, según el último informe basado en la Encuesta Continua de Hogares. El dato representa una baja de 0,7 puntos porcentuales respecto a 2024, cuando el indicador alcanzaba el 17,3%, consolidando una tendencia de mejora moderada a lo largo del año.
La medición se realiza a partir del método del ingreso, que compara los recursos de los hogares con la línea de pobreza —que incluye una canasta ampliada de bienes y servicios— y la línea de indigencia, limitada a requerimientos alimentarios.
En términos de hogares, el 13,2% se encuentra bajo la línea de pobreza, también en descenso. Sin embargo, la indigencia mostró un leve aumento y alcanzó al 1,7% de las personas y al 1,3% de los hogares.
Durante el primer semestre de 2025, los niveles eran más altos, con 17,7% de pobreza en personas y 13,9% en hogares, lo que evidencia una reducción gradual sin cambios abruptos.
El informe advierte que la mejora no es homogénea. La pobreza infantil continúa siendo la más elevada: 29,1% en niños de 0 a 5 años, 27,3% entre 6 y 12 y 26,5% en adolescentes. En contraste, se ubica en 15% en adultos y 6% en mayores de 65 años.
También se registran brechas por género y origen étnico-racial. Los hogares con jefatura femenina presentan una incidencia de pobreza de 16%, frente al 9,7% en los encabezados por hombres. En tanto, entre personas afrodescendientes el indicador alcanza el 28,7%, mientras que en la población blanca es de 14,9%.
A nivel territorial, la pobreza se concentra en el norte y zonas de frontera, con departamentos como Artigas, Salto, Paysandú, Rivera, Cerro Largo y Treinta y Tres con niveles de entre 15% y 23,9% de hogares pobres. En contraste, Colonia, San José, Flores y Maldonado registran incidencias inferiores al 9%.
Montevideo presenta una particularidad en indigencia, con un 2,3%, por encima del interior (1,3%), lo que refleja dinámicas específicas en los sectores más vulnerables de la capital.
El informe concluye que la reducción de la pobreza responde a un proceso gradual y acotado, mientras persisten desigualdades estructurales, especialmente en la infancia y en determinados grupos sociales.
